sábado, 2 de octubre de 2010

Amanecer en Tlatelolco

Les comparto algo que escribí hace tres años y que pude haber escrito el día de hoy.


AMANECER EN TLATELOLCO
A TREINTA Y NUEVE OCTUBRES DE LA MATANZA

por IVÁN ALEJANDRO SÁNCHEZ NÁJERA

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias
aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera
gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

Jaime Sabines
.
Una pequeña manta afirma que el movimiento vencerá, volantes y pancartas postulan las más diversas demandas, a lo largo de la plaza una manifestación de zapatos -hoy más inertes que nunca- se ve acallada por los charcos de sangre y orificios de bala que rodean la escena. Ha existido una matanza. Es 3 de octubre de 1968, ya conocemos la historia.
Jóvenes universitarios con sueños de revolución; niños que no entienden las demandas, pero que asisten gustosos; adultos ingenuos que creen en el movimiento; familias cuyo único delito fue vivir en el edificio Chihuahua, o en los aledaños... Ellos fueron los testigos de aquella masacre.
Por la mañana, horas después de la matanza, los vecinos salen como autómatas de sus casas, han padecido la noche en el rincón más escondido de su departamento -al principio, dos horas ininterrumpidas de disparos; le siguieron constantes revisiones en los hogares; avanzada la noche, intermitentes estruendos de pólvora generaban la idea de fusilamiento en sus mentes apenas operantes-.
No hablemos de los estudiantes, las palabras no servirían para describir el absurdo sufrimiento del que han sido protagonistas. Apenas unos cuantos líderes asisten a ciudad universitaria, entienden que el movimiento ha terminado. Comienzan a divulgarse rumores, una matanza, batallón olimpia, Díaz Ordaz, militares, tanques, Luis Echeverría, fusilamientos, Campo Marte...
Falta aún otro día para que Excelsior, sólo él, publique algo sobre lo acontecido; no se volverá a hablar más. Ocho días después habrá de celebrarse la paz en el deporte, con festejos olímpicos se pretenderá acallar la historia. Tan sólo una voz en el silencio -una paloma negra entre las blancas de la paz- repudiará la celebración cimentada en sangre.
Treinta y nueve octubres se han sucedido desde entonces. Ahora, con voces legalmente constituidas, es posible hablar más allá de los rumores; mas habría que validar la calidad de las voces de acuerdo al mensaje trasmitido. A generaciones de distancia, el clamor por la justicia, por la libertad de presos políticos, por el castigo a los culpables, ha cedido paso al estruendo de guitarras eléctricas que con ensordecedoras notas exigen castigo a los pinches policías, al gobierno opresor de Ulises Ruíz, libertad de Flavio Sosa, y seguramente en esta nueva edición, el inflacionario incremento de centavos al costo de la gasolina. En la posmodernidad mexicana, un surrealista imperio de lo efímero, por qué no habríamos de clamar también por el cese al maltrato de las focas, el reciclaje de papel y, ya entrados en clamos, un descuento en el precio de la coca-cola; a fin de cuentas, los desaparecidos ya lo están. Si acaso las ideas tuvieran carne, el 2 de octubre se celebraría su feria.
El amanecer de Tlatelolco es aún más lejano que la simple distancia cronológica, supone una realidad distinta en donde la ideología revolucionaria se encuentra en apogeo, donde el régimen socialista en cuba abandera idearios de caña de azúcar, donde el bloque socialista es una fuerte oposición al régimen capitalista, donde la efigie del Che aún no se ha convertido en un emblema publicitario.
Conmemorar aquella matanza no es un intento por sanar heridas, pues éstas ya han cicatrizado hace tiempo; quizá por ello se acerca más a ser un foro de expresión sobre los desacuerdos y la injusticias del gobierno. Hace cuatro décadas no sólo murieron centenares de estudiantes, junto a sus cuerpos, también se arrojaron al océano gran parte de las ideas de lucha y transformación; y hoy en día, cuando vivimos una hambruna del pensamiento, 1968 nos sirve para recordar que es posible vivir con ideales, por más tristes que lleguen a ser los resultados.
La memoria colectiva se limita a saber que existió alguna matanza, quizás injusta, o algo así. No basta con hablar de ello en alguna página de un libro de texto, nuestra juventud no sólo esta obligada, también merece conocer su verdadera historia, no una historia de bronce y chocolate.
Pero frente a ello, qué hacemos nosotros, ¿un acto el 2 de Octubre en Plaza de Armas? Hay cosas más importantes por hacer, incluso para conmemorar el mismo 2 de octubre, que vestir de negro y portar una veladora. Para que actos así posean trascendencia, incluso coherencia, es imperante conocer. Recordar un movimiento ideológico implica más que gritar no se olvida; suponer que 1968 importa por la violenta represión es padecer ingenuidad: la historia no sólo se escribe con las armas, la ideología ha sido motor en todos sus parteaguas.
En la era de la diversidad, el 2 de octubre se muestra como un ejemplo de que en la lucha social es posible la univocidad. Sin embargo, después de 39 amaneceres pudiéramos estar más cercanos al ocaso, pues no se trata de sanar heridas cicatrizadas, ni de hacer nuevas incisiones; quizá el mayor homenaje para aquellos mártires involuntarios, sea encontrar el justo medio entre el reclamo histórico y la lucha social actual.